No hace ni un año del estreno del ‘Nosferatu’ (ídem, 2024) de Robert Eggers y ya tenemos con nosotros el ‘Frankenstein’ de Guillermo del Toro. Ello, que constituye un síntoma evidente, el enésimo, de la falta de ideas del audiovisual contemporáneo, tiene paradójicamente un efecto secundario positivo, habida cuenta de que ha venido a (re) dignificar —o al menos intentarlo— dos iconos culturales tras casi un siglo de tropelías perpetradas contra los originales literarios y sus plasmaciones cinematográficas primeras, en el caso que nos ocupa, la novela de Mary Shelley y la película de James Whale (‘Frankenstein’, 1931), respectivamente; si bien es cierto que existe una versión anterior, un corto de trece minutos producido por Thomas A. Edison en 1910 y caído en el olvido como tantos otros de aquellos teatrillos filmados de antes de que el cine echara los dientes.
Un científico brillante y obsesivo, Victor Frankenstein, en su ambición por desafiar a la muerte, consigue dar vida a una criatura humanoide ensamblada con partes de cadáveres. Pese a tratarse de una proeza científica, Frankenstein considera que la criatura carece de inteligencia y la rechaza. Dolida, ésta se rebela contra su creador.
Agraciado con una generosa dotación presupuestaria —no en vano, Netflix persigue con ‘Frankenstein’ alzarse al fin con ese Óscar a la mejor película que se le resiste—, Guillermo del Toro da rienda suelta a la imaginería hiperbólica de que se adornan sus puestas en escena, aquí una barroquizante amalgama de goticismo kitsch y las fantasmagorías entreveradas de expresionismo tardío e historietas pulp que aquilataran numerosos títulos de la Universal, entre ellos y uno de los más señeros —si no el que más—, la citada ‘El doctor Frankenstein’ de Whale. Los excesos escenográficos del mexicano no son para todos los paladares —yo mismo no me cuento entre sus fans—, pero a su ‘Frankenstein’ sí cabe reconocerle un puñado de escenas de gran potencia.


En el capítulo interpretativo, ni Oscar Isaac ni Jacob Elordi son tampoco santos de mi devoción. No obstante, el primero compone un correcto megalómano sin caer en tentaciones mefistofélicas y el segundo, pese a que el monstruo tiene una pinta insólita de cantante —es un decir— de banda deathgrind finlandesa, logra insuflar a su personaje una ternura doliente y extraña. Tanto Mia Goth como Christoph Waltz se muestran más contenidos de lo que acostumbran, lo cual no sabría si considerarlo una buena noticia o todo lo contrario; especialmente por lo que respecta al actor austriaco. Charles Dance, en cambio, derrocha carisma y vergajazos en un papel breve pero cortado a medida de su torvo ademán.
En conclusión, la aproximación de Guillermo del Toro al «nuevo Prometeo» resulta intachable en el apartado visual —gustará sobremanera a los admiradores de su exuberancia ornamental—, y argumentalmente, con esa estructura en tres partes que da voz a creador y criatura, se despliega con fluidez. Ahora bien, el a mi juicio descompensado reparto —aun con el freno de mano puesto, los secundarios son mejores intérpretes que los protagonistas— y que no aporta nada nuevo más allá de un tratamiento desusadamente respetuoso con el material que adapta condenan a esta ‘Frankenstein’ a no dejar apenas huella, ni en el imaginario cinéfilo colectivo, ni en la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Parece, por tanto, que tampoco éste va a ser el año de Netflix en la ceremonia de los Óscar; aunque cosas más raras hemos visto últimamente.
Tráiler de ‘Frankenstein’
¿nos encanta?
Overall
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Fotografía
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Interpretaciones
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Banda Sonora
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Edición y montaje
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Guion
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Originalidad
User Review
( votes)Resumen:
- Lo mejor: el respeto, por desgracia poco habitual, por el lore original. El abigarramiento escenográfico, tan kitsch como sugerente, que caracteriza a del Toro encuentra aquí un inmejorable vehículo de lucimiento. Charles Dance, definitivamente la maldad hecha rostro.
- Lo peor: no aporta gran cosa a la retahíla de versiones que, desde 1910, se han venido haciendo de la novela de Mary Shelley. La timidez con que se desenvuelven secundarios de contrastado talento, sobre todo Christoph Waltz, quizá para no opacar a unos protagonistas que no pasarán a la historia por sus papeles en esta cinta.
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