‘Una tienda para asesinos’ es una serie que arranca sin pedir permiso. Empieza en mitad del desastre, cuando aún no sabemos quién es quién, qué ha ocurrido ni por qué todos parecen querer matar a una joven que apenas entiende el mundo que la rodea. Y ese es uno de sus mayores aciertos iniciales: obligarnos a recomponer el pasado mientras el presente avanza sin piedad.
El único adulto que cuida de Jian es su tío (Lee Dong Wook). Tras su repentina muerte, Jian (Kim Hye-Jun) se entera de que ha dejado un sospechoso centro comercial en el bajo de su casa. ¿Quién era su tío y qué clase de comercio dirigía? Antes de que Jian pueda siquiera intuir lo que pasa, es atacada por unos desconocidos que quieren la mercancía de su tío. Ahora que está sola, ¿podrá sobrevivir?
La historia gira en torno a una sobrina que, tras la muerte de sus padres, queda bajo la tutela de un tío tan hermético como peligroso. Ella no sabe puede hablar desde el trauma, y el no sabe cómo cuidar de una niña pequeña que necesita estabilidad. Entre ambos se construye una relación extraña, tensa y profundamente disfuncional, marcada por la supervivencia más que por el afecto, algo que con el paso de los episodios sale a la superficie en contadas ocasiones.


Me encanta cuando una serie confía en la inteligencia del espectador. Aquí no hay exposiciones largas ni explicaciones cómodas. Hay mensajes crípticos, referencias a la deep web, códigos de colores y un universo que se despliega poco a poco. La idea de una red oculta donde, mediante códigos, se puede comprar lo que sea —incluida la muerte— funciona muy bien como motor narrativo. El famoso Green Code, que dicta que todos deben proteger a la joven, introduce un misterio constante en la narrativa: ¿Quién era realmente su tío?, ¿Qué vida llevaba?, ¿por qué ella es tan importante sin saberlo?
La serie no da tregua. No hay minutos muertos. Todo avanza con una sensación de amenaza permanente que mantiene el pulso alto episodio tras episodio, pero…
Donde la serie flojea
No todo funciona con la misma solidez. En algunos tramos, la acumulación de asesinos a sueldo, armamento y situaciones extremas roza lo excesivo. Hay momentos en los que la serie coquetea peligrosamente con la reiteración, repitiendo dinámicas de asedio, entrenamiento y huida que ya hemos visto en otras ficciones recientes y que aquí no tienen sentido debido a la falta de preparación de la protagonista. Es esto, precisamente, uno de los problemas más evidentes del guion.


La sobrina, sin un entrenamiento previo sólido ni una progresión creíble, adquiere habilidades de combate y supervivencia que rompen por completo la credibilidad del guion. Aquí no estamos ante una fantasía estilizada que te hace maravillarte escena tras escena, sino ante decisiones narrativas poco trabajadas. También es cierto la pérdida de los padres podría haber dado más juego mostrando cómo este afecta a los personajes principales, pero nos quedamos con la sensación de que la serie prefiere no mojarse mientras espera que lo compremos todo sin dudar o cuestionar.
Qué uno de los grandes reclamos de la serie era Lee Dong-wook, no tenemos ni que pensarlo dos veces, y aquí llega una de las grandes frustraciones de ‘A shop for killers’. Su presencia en el tiempo presente es mínima. La mayor parte de su trabajo se limita a flashbacks o apariciones muy concretas, lo que deja una sensación constante de potencial desaprovechado. Paradójicamente, esos flashbacks —donde vemos la formación del equipo y el pasado del personaje— son lo mejor de la serie. Ahí sí hay mundo, coherencia y peligro real. Uno no puede evitar pensar que la historia habría funcionado mucho mejor si se hubiese centrado más en ese pasado o si, al menos, hubiera mostrado un entrenamiento progresivo de la sobrina desde la infancia.
Uno de los grandes lastres del drama es su guion. No porque sea simple, sino porque resulta ilógico y, en ocasiones, abiertamente absurdo. La narración parece confiar poco en la coherencia interna y demasiado en que la espectadora acepte giros porque sí. La sensación constante es que el drama pretende que lo aceptemos todo sin más, y es una pena, pues la sensación previa de estar ante una serie que no nos lo da todo masticado y que tenemos que poner de nuestra parte para encajar la historia se diluye cuando esa historia es un batiburrillo de villanos.

La acción no falta. Disparos, persecuciones, emboscadas, asesinos a sueldo por doquier. El problema es que esa acción carece de verdadera variedad o propósito narrativo. Se repite, se acumula y acaba perdiendo impacto. Los supuestos “asesinos de élite” que persiguen a la protagonista resultan, paradójicamente, poco profesionales y casi caricaturescos. En lugar de aumentar la tensión, la diluyen. El peligro está ahí, pero no se siente. Y en una serie de este tipo, eso es un problema serio.
A nivel técnico, los efectos especiales están bien integrados y al servicio del ritmo. No llaman la atención sobre sí mismos, lo cual es un acierto en una historia que podría haberse ido fácilmente al exceso visual. La fotografía apuesta por una paleta marcada, con uso expresivo de sombras, rojos y amarillos que subrayan estados emocionales y niveles de peligro. Sin embargo, aquí aparece otro de los grandes problemas de la serie: su incoherencia tonal. La estética de muchas escenas del presente es colorida, ligera, casi estilizada, mientras que la trama insiste en una brutalidad extrema. Esa combinación, lejos de generar un contraste interesante, provoca en ocasiones una sensación de comedia involuntaria que rompe la inmersión.
La banda sonora, eso sí, acompaña con inteligencia, sabiendo cuándo tensar la escena y cuándo retirarse para dejar que el silencio haga su trabajo, no todo son pegas.

¿Es novedosa o reiterativa?
No. Y ese no sería el problema si estuviera bien ejecutada. La dinámica mentor–aprendiz, la red clandestina, el pasado que regresa… todo eso ya lo hemos visto muchas veces. La diferencia entre una serie eficaz y una fallida está en la coherencia interna, y aquí esa coherencia se rompe demasiadas veces.
Además, vuelve a surgir una cuestión recurrente en los dramas recientes de Disney+: la reducción a 8–10 episodios. ¿Beneficia realmente a la narrativa? En este caso, da la sensación de que no. La historia queda descompensada, apresurada en unas cosas y estirada en otras. Por eso mismo nos quedamos con ganas de más, porque nos falta desde el principio. Habrá segunda temporada y habrá tardado dos años en llegar.
¿Era necesario? ¿No podríamos haber tenido un drama serio de dieciséis episodios bien planteados? Y tú, ¿Qué formato prefieres? Eres de temporadas, series cerradas o miniseries?
Tráiler de ‘Una tienda para asesinos’
¿nos encanta?
Overall
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Fotografía
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Interpretaciones
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Banda Sonora
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Edición y montaje
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Guion
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Originalidad
User Review
( votes)Puntos fuertes
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