En el Festival de Sitges 2026 conversamos con los responsables de un documental que recupera una parte fundamental de la historia del fantástico español y que, a través de la figura de Marián Salgado, invita a reflexionar sobre las experiencias de los intérpretes infantiles, la memoria cinematográfica y la responsabilidad de quienes trabajan detrás de las cámaras.
Hay rostros que permanecen en la memoria colectiva mucho después de que las películas hayan terminado. Rostros que pertenecieron a intérpretes que, en ocasiones, eran apenas unos niños cuando se situaron por primera vez delante de una cámara y que quedaron asociados para siempre a aquellos personajes que interpretaron. El cine fantástico español de los años setenta cuenta con numerosos ejemplos, aunque no siempre nos hemos detenido a pensar qué había detrás de aquellas imágenes, cómo se construían o qué significaba participar en ellas siendo tan joven.
Aida Cordero y Jesús Loniego parten precisamente de esa inquietud para construir ‘La niña del fantaterror’, un documental de 74 minutos que tuvo su estreno mundial en la sección Sitges Documenta de la 59.ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña. Una producción de Fonofox, con guion de Javier Donate, que recupera la trayectoria de la actriz Marián Salgado, vinculada a títulos como ‘La endemoniada’, pero que también se aproxima a la historia de una industria, sus profesionales y sus particulares formas de entender el trabajo cinematográfico.
La propuesta no se limita a recuperar un periodo especialmente reconocible del fantástico español, sino que utiliza sus imágenes, testimonios y recuerdos para plantear preguntas que continúan teniendo vigencia. ¿Qué supone interpretar el miedo cuando todavía no se comprende del todo aquello que sucede en una película? ¿Cómo se prepara a un menor para participar en escenas emocionalmente complejas? ¿Y qué responsabilidad tienen los adultos que intervienen en ese proceso?
Durante nuestra cobertura del Festival de Sitges tuvimos la oportunidad de conversar con sus dos directores sobre el origen del proyecto, su proceso de documentación y el delicado equilibrio entre el homenaje cinematográfico y la experiencia personal.
Una historia que comienza con Marián Salgado
El origen del documental se encuentra en una propuesta del productor ejecutivo Reinaldo Pereira Pérez , aunque la relación de sus responsables con Marián Salgado venía de tiempo atrás.
«Yo a Marián la conocí en un festival en Murcia, el Sombra», nos explicaba Aida Cordero, quien posteriormente volvió a trabajar con la actriz en un cortometraje. Aquella experiencia permitió construir una relación de confianza que terminaría siendo esencial para el desarrollo de la película.
Jesús Loniego, por su parte, había conocido a Salgado durante la grabación de unos contenidos adicionales relacionados con ‘La endemoniada’. Su vinculación profesional con las ediciones y recuperaciones de películas del cine español le había permitido acercarse a numerosos títulos del género, una experiencia que también acabaría alimentando el proyecto.


El equipo creativo se completó con Javier Donate como guionista. A partir de ahí comenzó un trabajo que, según Loniego, se inició en otoño de 2024 y que terminó reuniendo alrededor de treinta participantes. Para Cordero, cuya trayectoria incluye una investigación académica sobre el fantástico español de los setenta, la experiencia acumulada y los contactos profesionales resultaron decisivos a la hora de conseguir los testimonios. No se trataba únicamente de localizar a personas vinculadas al cine de aquella época, sino de explicarles la verdadera dimensión de la película y aquello que sus responsables pretendían transmitir.
«Al final ha salido a base de voluntad y de amor al cine», reconocía la directora, recordando que buena parte del trabajo tuvo que realizarse durante fines de semana, vacaciones y los espacios disponibles entre sus respectivas obligaciones profesionales.
Esa dedicación se percibe especialmente en la recuperación de materiales y testimonios que permiten reconstruir una etapa de nuestra cinematografía desde diferentes perspectivas. El documental incorpora archivos personales cedidos por algunos participantes, además de imágenes que muestran los procesos de caracterización y trabajo con intérpretes, enriqueciendo una propuesta que también funciona como acercamiento a los oficios del cine.
El fantaterror, una historia que merece seguir contándose
Uno de los aspectos más interesantes de ‘La niña del fantaterror’ es su capacidad para despertar curiosidad por una industria cinematográfica que, pese a contar con títulos y personajes reconocidos internacionalmente, no siempre ocupa el lugar que merece en la divulgación de nuestra historia cultural.
La película permite acercarse a los mecanismos de producción del cine de género, a sus intérpretes y a quienes contribuyeron a construir un imaginario poblado de posesiones, monstruos y figuras inquietantes. Pero también propone revisar esas películas desde una sensibilidad contemporánea, sin perder de vista las condiciones sociales y profesionales en las que fueron realizadas.
Ese equilibrio entre el estudio cinematográfico y la dimensión humana de sus protagonistas constituye uno de los principales desafíos del documental. El equipo había partido de una historia con numerosas posibilidades, pero fue la propia personalidad de Salgado y el conocimiento que tenían de ella lo que terminó orientando el relato.


«Hemos ido puliendo hasta que la propia Marián nos ha ido indicando el camino de cuánto podíamos o no ahondar en la herida», explicaba. Una decisión que implicaba reconocer la existencia de experiencias difíciles sin convertirlas en el único centro de atención. Loniego lo sintetizó con claridad: «No queríamos un dramón».
Y es que la película no pretende reconstruir la trayectoria de Salgado exclusivamente desde el sufrimiento. Existe una voluntad de reconocimiento hacia su trabajo y hacia el conjunto de profesionales que participaron en aquellas producciones, pero también un interés por escuchar qué tienen que decir quienes vivieron esa industria desde una posición especialmente vulnerable: la infancia.
La infancia en los rodajes: escuchar antes que juzgar
La presencia de niños y niñas en el cine de terror constituye uno de los asuntos más sugerentes que plantea el documental. Su participación ha sido fundamental para la construcción de numerosos relatos del género, pero existe una diferencia evidente entre el miedo que experimenta el espectador y la experiencia que puede vivir un menor durante un rodaje.
Aida Cordero nos explicaba que esa particularidad había sido una de las razones por las que decidieron centrar la investigación en el fantástico.
«Nosotros nos queríamos centrar en el terror porque nos parecía que era un género en el que no se ha investigado», señalaba, antes de plantear una cuestión fundamental: «¿Qué pasa con estos niños que actúan en estas películas?».

La directora apuntaba que determinados contenidos pueden resultar especialmente difíciles de comprender o procesar durante la infancia, sobre todo cuando incorporan imágenes violentas, criaturas monstruosas o situaciones que requieren una preparación emocional específica.
Sin embargo, sería un error interpretar esta reflexión como una condena generalizada a la presencia de menores en el cine fantástico. Ni todas las experiencias son iguales ni todos los rodajes se desarrollan en las mismas circunstancias. Precisamente por eso, el documental resulta interesante: porque invita a prestar atención a las condiciones concretas en las que se produce ese trabajo.
Cordero compartió con nosotros una experiencia personal durante la dirección de un cortometraje que abordaba una temática especialmente delicada. Antes de comenzar, el equipo habló con la madre del pequeño intérprete para valorar cómo debían explicarle el contenido.
«Le contamos lo que había y no le expusimos a determinadas escenas, pero sí que con delicadeza le contamos lo que íbamos a rodar», recordaba.
Su testimonio pone de relieve una cuestión esencial: la protección de los menores no tiene por qué estar reñida con su participación artística, pero exige comunicación, preparación y capacidad para adaptar las decisiones creativas a sus necesidades.
Por su parte, Loniego, que también ha trabajado con intérpretes infantiles, recordaba la importancia de los permisos administrativos, las condiciones de seguridad y las garantías que deben acompañar este tipo de producciones.
De hecho, el propio documental prescindió de entrevistar a niños pequeños ante la complejidad de los procedimientos necesarios para hacerlo. Más allá de las cuestiones burocráticas, la conversación derivó hacia un aspecto que merece especial atención: la necesidad de escuchar a quienes participaron en aquellos rodajes y permitir que expliquen sus experiencias desde su propia perspectiva.
En este sentido, la figura de Marián Salgado resulta especialmente valiosa. Su testimonio no pretende establecer una experiencia universal sobre la infancia en el cine, pero sí contribuir a que determinadas situaciones no vuelvan a repetirse y a que las necesidades de los menores sean tomadas en consideración.

Como explicaba Cordero, Salgado no plantea necesariamente que los niños deban trabajar como actores, pero considera imprescindible que, cuando lo hagan, cuenten con unas condiciones laborales adecuadas. Es una reivindicación que trasciende el cine de terror y que invita a reflexionar sobre la responsabilidad de la industria audiovisual en su conjunto.
Una conversación que podría continuar más allá de nuestras fronteras
Durante la entrevista, ambos directores reconocieron que la investigación había abierto numerosas posibilidades que no pudieron incorporarse al montaje definitivo.
El propio Loniego mencionó la cantidad de material que había quedado fuera, algo comprensible teniendo en cuenta el número de participantes y la amplitud del tema abordado. Pero quizá una de las revelaciones más interesantes de nuestra conversación fue la posibilidad de ampliar el proyecto hacia otras cinematografías.
«Estamos buscando productores norteamericanos para hacer la versión estadounidense», nos adelantó Aida Cordero.
La idea partiría de una reflexión semejante, pero centrada en las experiencias de intérpretes infantiles que trabajaron en la industria estadounidense. Loniego también mostró interés por explorar el caso italiano, aunque reconoció que incorporar estos contextos al documental original habría supuesto ampliar demasiado su alcance.
No existe, por tanto, una continuación confirmada, pero sí una voluntad de seguir investigando un fenómeno que supera las fronteras del fantaterror español. La conversación también nos permitió conocer algunos de los proyectos en los que trabajan sus responsables. Cordero está desarrollando un documental sobre su familia y un largometraje de ficción de género, mientras que Loniego continúa vinculado a nuevas iniciativas documentales.
En el caso de Cordero, su experiencia como cineasta también dio pie a reflexionar sobre la presencia de mujeres creadoras en la industria audiovisual. La directora reivindicó la necesidad de incorporar diferentes experiencias y miradas al cine, recordando que la diversidad no consiste únicamente en aumentar el número de profesionales, sino también en ampliar las historias y perspectivas que llegan a las pantallas.
Recuperar las imágenes, comprender a las personas
‘La niña del fantaterror’ consigue que una historia aparentemente ligada a un género cinematográfico muy concreto termine conectando con preguntas bastante más amplias. La memoria de nuestra industria, el reconocimiento de sus profesionales, la infancia, el trabajo artístico y las transformaciones experimentadas por el cine a lo largo de las últimas décadas encuentran un espacio común en el relato de Aida Cordero y Jesús Loniego.
Su principal virtud reside en no olvidar que detrás de los personajes que permanecen en las películas existen personas cuyas vidas han continuado mucho después de que terminara el rodaje. El documental no pretende ofrecer respuestas definitivas ni presentar la experiencia de Marián Salgado como representativa de todos los intérpretes infantiles. Su interés está precisamente en abrir una conversación que durante demasiado tiempo ha permanecido en un segundo plano.
Porque recuperar la historia del cine también consiste en comprender cómo se hicieron aquellas películas, quiénes participaron en ellas y qué podemos aprender de sus experiencias.
Y quizá esa sea una de las aportaciones más importantes de ‘La niña del fantaterror’: recordarnos que el verdadero patrimonio cinematográfico no se encuentra únicamente en las imágenes que hemos conservado, sino también en las voces de quienes ayudaron a crearlas.
Si tienes oportunidad de ver el documental, te recomendamos encarecidamente que lo hagas. Quedarás enganchado a este pedacito de historia del cine español.









