Jim Sheridan nunca ha sido un cineasta interesado en ofrecer respuestas cómodas. Desde ‘My Left Foot’ hasta ‘In the Name of the Father’, su filmografía ha estado atravesada por la culpa, la memoria, los mecanismos de poder y la fragilidad de la verdad. Ahora regresa con ‘Re-Creation’ —estrenada en España como ‘RECREACIÓN DE UN ASESINATO’—, un inquietante drama judicial que utiliza el caso real de Ian Bailey y el asesinato de Sophie Toscan du Plantier para cuestionar no solo la justicia institucional, sino también la forma en que el relato colectivo construye culpables.

La película, codirigida y coescrita junto a David Merriman, toma como punto de partida el formato clásico del jurado popular heredero de ’12 Angry Men’, pero lo subvierte desde una puesta en escena híbrida, incómoda y profundamente contemporánea. Sheridan elimina las fronteras entre documental y ficción para situar al espectador en un territorio de incertidumbre constante: ¿estamos observando una recreación o una verdad posible? ¿Hasta qué punto nuestra percepción está condicionada por los prejuicios, las emociones o la narrativa mediática?

Con motivo del estreno de la película en España este 8 de mayo de la mano de Syldavia Cinema, tuvimos la oportunidad de conversar online con Jim Sheridan sobre el filme, la obsesión contemporánea con el true crime, la manipulación de la imagen en la era digital y el modo en que el cine ha perdido —según él— parte de su conexión con la realidad.

El resultado fue una conversación apasionante, lúcida y llena de reflexiones sobre el lenguaje cinematográfico, la memoria histórica y la necesidad de seguir dudando en tiempos de certezas inmediatas. A continuación, reproducimos la entrevista íntegra, traducida al español y respetando fielmente las palabras de Jim Sheridan.

Marta Pedraza: Antes de comenzar quería agradecerle su tiempo. He quedado muy impactada con la película porque no conocía prácticamente nada del caso. Sabía que llevaba mucho tiempo trabajando sobre ello y que existían otros documentales y producciones alrededor de la historia, pero ‘RECREACIÓN DE UN ASESINATO’ se siente completamente distinta. Mientras la veía era muy difícil distinguir qué era real y qué pertenecía a la ficción. Esa sensación de preguntarte constantemente “¿esto ocurrió realmente o es una recreación?” está muy presente. ¿Cómo llegó a ese tipo de puesta en escena?

Jim Sheridan: Bueno, exactamente lo que estás describiendo era probablemente mi objetivo principal: incomodar a la gente. Porque ahora voy al cine y no me creo nada de lo que veo. Veo que todo es ficción. Veo a Spider-Man volando, a Superman volando… y no podría importarme menos. De hecho, deseo que se caigan del cielo porque me parece demasiado absurdo. Infantiliza a la gente, los coloca en una posición de superpoderes y falta de conexión con la realidad. Así que quería devolver cierta capacidad de cuestionamiento al cine.

Si el público se está preguntando “¿esto es verdad o ficción?”, para mí es una posición muy valiosa. Porque gran parte de nuestras vidas ahora están dominadas por esta horrible sensación de venganza, de certeza absoluta. Incluso las guerras ya no parecen reales. La gente contempla explosiones como si estuviera viendo cine desde hace veinte años y se ha desensibilizado frente a la realidad. Quería devolver la verdad a la imagen, devolver el testimonio a la imagen.

Y también quería plantear que quizá la propia justicia sea una ficción. Que el sistema judicial que juzgó a este hombre en París limitó deliberadamente qué pruebas podían admitirse para conseguir un veredicto de culpabilidad. Quería equilibrar la narrativa y reflexionar sobre cómo Europa puede escapar de la realidad. Porque si aceptas que un asesinato puede cometerse en un país y que la policía de otro país no pueda investigarlo, pero sí celebrar un juicio, eso es muy peligroso.

Además, en gran parte de Europa existe el Código Napoleónico, mientras que en Irlanda, Inglaterra o Estados Unidos se aplica el Common Law. Y me dio la impresión de que el sistema francés no estaba muy cómodo con el sistema irlandés. Cuando leí las primeras declaraciones policiales pensé: “No hay forma de declarar culpable a este hombre basándose en esto, lo haya hecho o no”. Una de las primeras declaraciones describía a un hombre de “1,72, con boina y tez cetrina”, y eso acababa convirtiéndose automáticamente en Ian Bailey.

Me obsesioné con las declaraciones escritas y con la forma en que funciona el sistema judicial. Todo son documentos, lenguaje, papeles, pero casi nada visual. Y vivimos en un mundo donde el lenguaje vuelve a dominarlo todo, especialmente con los grandes modelos de lenguaje. Desde Gutenberg hasta ahora, lo escrito se ha convertido en el centro absoluto. Mientras tanto, la imagen ha perdido credibilidad desde que el CGI transformó nuestra relación con el cine. Ahora necesitas verificar si lo que ves es real. Y me parece una buena posición para el espectador: hacerse las mismas preguntas que debería hacerse frente a la realidad.

Marta Pedraza: —Durante buena parte de la película el espectador ocupa la misma posición que el jurado. Todos parecen haber decidido ya que el acusado es culpable basándose en documentos o percepciones previas, salvo una persona que insiste en que no puede condenarlo simplemente “porque lo siente”. Y eso conecta mucho con el presente: las redes sociales, la obsesión por el true crime, esa facilidad para declarar culpable a alguien sin pensar realmente en las consecuencias.

Jim Sheridan: Sí. Y lo interesante del true crime actual es que sigue mucho el modelo de ‘In Cold Blood’ de Truman Capote: perseguir al asesino. Pero creo que Capote veía parte de sí mismo en los asesinos, como un outsider. Al mismo tiempo que se ponía en el lugar del criminal, entendía que el público necesitaba un castigo, una ejecución, una satisfacción para su sed de justicia o venganza.

En este caso concreto ocurre algo parecido. Ian Bailey era un periodista fracasado, alguien que había dejado Inglaterra después del fracaso de su matrimonio y de su carrera. Y de repente aparece el mayor scoop periodístico imaginable justo delante de su casa. Muchos periodistas irlandeses proyectaron sobre él sus propias frustraciones: el periodista fracasado que además había matado a alguien. Eso habla más de ellos que de él.

Y siguen haciéndolo hoy. Siguen alimentando la narrativa de que algún día se demostrará definitivamente que fue él. Pero a mí me interesaba una aproximación mucho más humana y compleja.

También pensé mucho en Thomas de Quincey y en su ensayo sobre el asesinato entendido como una de las bellas artes. Él jugaba irónicamente a elegir al “mejor asesino de la historia”, y lo interesante era cómo mostraba las contradicciones imposibles de muchos casos. Gente que parecía estar en dos lugares al mismo tiempo. Esa contradicción me interesa muchísimo más que la falsa certeza.

Y luego está el peso de la historia. Tú estás en Granada. No puedes vivir en Granada sin sentir el peso de los palacios abandonados, de las persecuciones religiosas, de las heridas históricas. La historia deja marcas extrañas. Irlanda también arrastra heridas históricas enormes. Pero recordar desde el odio nunca conduce a nada bueno.

Marta Pedraza: —Eso es algo muy presente en la película. Todos esos personajes llegan a la sala cargando con sus propias experiencias personales, prejuicios o heridas. Y aun así deben tomar juntos una decisión definitiva sobre otra persona.

Jim Sheridan: Lo curioso es que cuando el jurado número tres dice que Bailey nació en Londres, parece un detalle inventado para el guion. Pero era real. Yo quería que los antecedentes reales de cada personaje aportaran verdad a la película. Lo extraño es que, una vez estableces una narrativa cerrada —“estamos en una habitación hablando de un asesinato”—, cualquier elemento humano adicional parece artificial.

Y eso tiene mucho que ver con cómo funciona la ficción. Los actores construyen biografías coherentes para sus personajes: dónde compraban el periódico, de quién estaban enamorados… Pero cuando escribes un personaje realmente interesante haces lo contrario: mezclas cinco, seis o siete personas distintas dentro del mismo personaje. Lo contradictorio siempre es más interesante que lo coherente.

Marta Pedraza: —Eso explica por qué la película se siente tan real. Mientras la veía nunca he tenido la sensación de estar observando escenas separadas o fragmentadas. Todo fluye de manera orgánica y los diálogos resultan increíblemente vivos. ¿Cómo fue el rodaje?

Jim Sheridan: Improvisamos muchísimo. Y lo que dices me parece interesante porque normalmente los críticos ven las películas de una forma muy distinta. El crítico suele observar la película desde una posición similar a la del creador: con distancia analítica.

Pero una película primero debe disfrutarse emocionalmente. Solo después puedes entrar en un análisis moral o intelectual.

Yo estoy obsesionado con el efecto que ha tenido el digital sobre el cine y creo que casi nadie habla de ello. Antes, el proyector estaba detrás del espectador. Ahora la imagen digital está “en la superficie”. Y el espectador sabe que esa superficie puede manipularse. Así que deja de creer. Y cuando deja de creer, solo quiere ver lo imposible. Por eso el drama tradicional prácticamente desapareció de las salas y el cine se convirtió en un cine de dibujos animados donde cualquier cosa puede ocurrir.

Y eso es muy frustrante para alguien como yo, porque yo no quiero entretener solamente. El entretenimiento me parece una parte secundaria de lo que hago. Hay demasiado entretenimiento en el mundo. Es como si todo el mundo estuviera comiéndose únicamente el glaseado del pastel. Y acabas enfermo espiritualmente.

Marta Pedraza: —Creo que precisamente por eso la película genera conversación. Es una de esas películas que continúan después de terminar, cuando sales del cine y necesitas comentarla con alguien. Y me parece muy interesante cómo Vicky Krieps funciona como una especie de piedra inmóvil que poco a poco obliga al resto a replantearse sus posiciones.

Jim Sheridan: Sí, eso era exactamente lo que intentaba hacer. Y hay algo muy interesante con el true crime y las mujeres. Hay que tener cuidado al decir esto, pero creo que las mujeres sienten una fascinación distinta hacia estos casos.

Recuerdo una entrevista de Saoirse Ronan donde decía que las mujeres siempre tienen que mirar por encima del hombro. Y creo que es verdad. Históricamente, las mujeres han vivido bajo una amenaza física constante por parte de los hombres. Así que consumir true crime es casi una forma de estudiar un posible peligro futuro, una forma de observar aquello que debes evitar.

Con Bailey ocurría algo curioso: muchas mujeres reaccionaban emocionalmente contra él. No les gustaba. Tenía una personalidad terrible. Probablemente estaba dentro del espectro. Era su peor enemigo y quería ser famoso más que cualquier otra cosa.

La infamia se volvió adictiva para él. Y muchas personas —especialmente mujeres— reaccionaban inmediatamente pensando “él lo hizo”, aunque no hubiera una lógica clara detrás. Era una reacción emocional. Y eso me parece fascinante: cómo las emociones pueden imponerse a la lógica cuando juzgamos a alguien.

Por eso quería que el personaje femenino fuera precisamente quien mostrara empatía hacia el “monstruo”.

Marta Pedraza: —Ojalá nunca tenga que enfrentarme a un jurado, pero después de ver la película espero que, si ocurre, encuentre personas capaces de equilibrar hechos y empatía.

Jim Sheridan: [Ríe] Eso espero también.

Marta Pedraza:—Señor Sheridan, se nos acaba el tiempo. Ha sido una conversación fascinante. Muchísimas gracias.

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Marta Pedraza

Historiadora del Arte. Cinéfila y seriéfila 24/7. Mis perdiciones, las películas de Clint Eastwood, el cine coreano y los K-dramas.

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