Hay películas de terror que necesitan reinventar el género para sorprendernos y otras que, sin descubrir absolutamente nada nuevo, consiguen que no podamos despegar los ojos de la pantalla. ‘Salmokji: Whispering Water’ pertenece a este segundo grupo y es, sin duda, una de las grandes sorpresas del Festival de Sitges 2026. La ópera prima de Lee Sang-min es un ejercicio cinematográfico inteligente, visualmente fascinante y con un trabajo de cámara que merece ser estudiado con detenimiento.

Un grupo de profesionales debe regresar a un embalse para repetir unas grabaciones en las que ha aparecido una misteriosa figura que nadie recuerda haber filmado. Lo que comienza siendo un trabajo aparentemente sencillo acaba convirtiéndose en una pesadilla de la que parece imposible escapar. El agua, los árboles, la oscuridad y un lugar desconocido se transforman en elementos de una historia que nos atrapa casi con la misma facilidad con la que el embalse atrae a sus protagonistas.

Si hay algo que convierte a ‘Salmokji: Whispering Water’ en una experiencia especialmente disfrutable es su extraordinario trabajo de cámara. La fotografía de Sung-an Kim, acompañada de un montaje de Gang-hee Lee que entiende perfectamente las necesidades narrativas, nos introduce en un espacio donde la perspectiva cambia constantemente sin que perdamos en ningún momento la orientación cinematográfica de lo que estamos viendo.

Lee Sang-min utiliza cámaras de 360 grados, grabaciones de dispositivos digitales, planos aéreos, primeros planos y movimientos de cámara de una fluidez sorprendente. Cada recurso tiene su lugar y ninguno parece introducido únicamente para demostrar las posibilidades técnicas del equipo. Hay una intención clara de construir el miedo a través del movimiento, de modificar nuestra posición como espectadoras y conseguir que, por momentos, sintamos que estamos corriendo junto a los protagonistas.

Una de las secuencias más extraordinarias transcurre alrededor de un coche. La cámara se desplaza desde el interior al exterior, cambia de altura, se introduce bajo el vehículo y regresa a los rostros de los intérpretes con una naturalidad que resulta fascinante. Los picados, los contrapicados y el montaje construyen una persecución verdaderamente angustiosa, en la que cada cambio de perspectiva aumenta la sensación de vulnerabilidad. Es una secuencia que debería analizarse en las escuelas de cine por su manera de conjugar espacio, movimiento y tensión narrativa.

Lo más interesante es que no estamos ante una película que abuse de la cámara al hombro ni de los movimientos bruscos para simular realismo. Aunque en ocasiones recuerda a ‘El proyecto de la bruja de Blair’ (1999), Lee Sang-min sabe alejarse de esa estética cuando lo necesita. Su lenguaje resulta contemporáneo, con ciertas reminiscencias de los videojuegos y de los vídeos de terror que consumimos en plataformas digitales, pero sin abandonar una puesta en escena cuidadosamente planificada.

Las escenas submarinas merecen una mención especial. El agua adquiere una densidad casi palpable, los cuerpos parecen confundirse con la vegetación sumergida y la profundidad del encuadre nos lleva a preguntarnos constantemente qué puede haber más allá de lo que alcanzamos a distinguir. Es imposible no sentir cierta angustia ante esas imágenes que te harán plantearte volver a poner un pie en un embalse, aunque sean las doce de la mañana con 40º grados a la sombra.

Resulta admirable que una producción que transcurre mayoritariamente de noche consiga mantener semejante claridad visual y narrativa. Fotografía, iluminación, efectos digitales y sonido trabajan en una misma dirección, construyendo un espacio que resulta creíble incluso cuando lo que sucede en él escapa a toda explicación racional.

Uno de los grandes problemas de muchas películas de terror es su necesidad de complicar las historias hasta el agotamiento. Se introducen personajes, antecedentes, explicaciones sobrenaturales y giros argumentales que terminan convirtiendo la narración en un ejercicio de paciencia. ‘Salmokji: Whispering Water’ hace precisamente lo contrario. El guion, firmado también por Lee Sang-min, es ágil, directo y tremendamente eficaz. Durante sus 95 minutos siempre está ocurriendo algo, pero nunca tenemos la sensación de que la historia avance más rápido de lo que podemos asimilar. La información llega cuando debe hacerlo y las pequeñas revelaciones modifican constantemente nuestra percepción de los acontecimientos.

Es maravilloso ver cómo una narración aparentemente sencilla puede sostener semejante intensidad sin recurrir a explicaciones interminables. Los personajes entran y salen de la historia con una naturalidad poco habitual en este tipo de producciones, y cada uno cumple su función sin convertirse en una excusa para introducir conflictos artificiales.

No encontramos al típico personaje insoportable que parece existir únicamente para provocar su propia muerte. Tampoco hay una necesidad constante de introducir humor para aliviar la tensión. Son personas relativamente normales, con diferencias y pequeñas contradicciones, que se enfrentan a una situación imposible de comprender. Incluso la relación entre Su-in y Gi-tae, marcada por un pasado sentimental que podría haberse convertido en el centro de la historia, se desarrolla con una contención muy acertada. Cuando él regresa, su presencia transmite una tranquilidad que contrasta con lo que está sucediendo. El guion consigue que confiemos en determinados personajes sin recurrir a grandes demostraciones emocionales.

Esa aparente sencillez es una de sus mayores virtudes. La película no nos obliga a resolver constantemente un rompecabezas, sino que nos permite avanzar con ella, dejarnos llevar y descubrir progresivamente que quizá hemos entendido mucho menos de lo que creíamos.

Hay lugares que en el cine se convierten en personajes sin necesidad de una sola palabra. El embalse de Salmokji es uno de ellos. Durante el día, el paisaje parece hermoso, incluso apacible. Sin embargo, cuando cae la noche, los árboles que emergen del agua, la bruma y la oscuridad transforman el espacio en un territorio del que resulta imposible conocer sus límites. La iluminación es tenue, apenas la necesaria para distinguir lo que sucede, y esa decisión contribuye a crear una atmósfera inquietante sin sacrificar que como espectadoras veamos de forma nítida que ocurre en pantalla.

El director consigue que el embalse funcione como una especie de sirena. Llama constantemente a quienes se acercan, los atrae hacia sus aguas y parece impedir que puedan alejarse. No importa cuánto corran ni cuántas veces crean haber encontrado una salida. El espacio termina imponiendo sus propias reglas. Esta sensación de encierro conecta inevitablemente con el cine de terror que utiliza la naturaleza como un laberinto. Como sucedía en ‘El proyecto de la bruja de Blair’, los personajes parecen caminar hacia una libertad que nunca llega. Sin embargo, aquí el agua introduce una dimensión especialmente angustiosa: no podemos conocer su profundidad, distinguir lo que esconde ni controlar aquello que se mueve bajo su superficie.

El folclore coreano aparece integrado en esta construcción mediante montículos de piedras, ofrendas, recipientes rituales y referencias a prácticas chamánicas. Son elementos que forman parte del paisaje y que adquieren progresivamente una significación inquietante. El folclore coreano encuentra también su espacio en una narración que recupera elementos de las creencias populares y del chamanismo tradicional, integrándolos con una naturalidad que contribuye a construir el misterio. Los montículos de piedras, asociados habitualmente a deseos, ofrendas y espacios de protección espiritual, adquieren aquí un significado mucho más aterrador.

Lee Sang-min convierte estos pequeños altares en lugares de conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos, incorporando recipientes rituales atravesados por cuchillos, cuerdas de paja y referencias a ceremonias destinadas a guiar las almas de quienes han fallecido en el agua. El director, que contó con asesoramiento chamánico durante la preparación de la película, juega además con la figura del mul gwishin, el espíritu acuático que arrastra a los vivos hacia las profundidades. Lo fascinante es cómo consigue que estos elementos no resulten extraños ni excesivamente explicativos, sino que formen parte de un paisaje cotidiano que esconde una dimensión sobrenatural. El embalse deja así de ser un simple escenario maldito para convertirse en un espacio fronterizo entre la vida y la muerte, donde los deseos, la culpa y la imposibilidad de despedirse de quienes ya no están terminan adquiriendo una presencia aterradora.

Uno de los grandes aciertos del guion es que no necesita detenerse a explicar exhaustivamente cada símbolo. Basta con comprender que hay cosas que quizá no deberían tocarse y lugares en los que no deberíamos adentrarnos. El misterio funciona porque se integra en situaciones reconocibles, porque resulta cotidiano dentro de su contexto cultural y porque la espectadora puede establecer sus propias conexiones sin conocer en profundidad las tradiciones coreanas.

A la extraordinaria planificación visual se suma un diseño sonoro especialmente cuidado. ‘Salmokji: Whispering Water’ sabe cuándo necesita ser trepidante y, sobre todo, cuándo debe guardar silencio. Hay escenas en las que la ausencia de sonido provoca una expectación mucho mayor que cualquier sobresalto. Esperamos que suceda algo, sabemos que posiblemente suceda, pero nada de lo que escuchemos dará la pista del siguiente salto en la butaca.

Una secuencia aparentemente insignificante, en la que se lanzan piedras al agua, resume perfectamente esta capacidad. Un gesto cotidiano adquiere una dimensión inquietante a través del sonido, del silencio y de la manera en que la cámara observa la superficie del embalse. El agua deja de parecer un elemento natural para convertirse en una presencia que responde, que observa y que parece reclamar algo.

Kim Hye-yoon encabeza un reparto que funciona con una naturalidad sorprendente. La actriz, conocida por producciones como ‘SKY Castle’ o ‘Lovely Runner’, se enfrenta aquí a un personaje contenido, marcado por una experiencia traumática relacionada con el agua y por una necesidad constante de mantener el control para que el miedo no se adueñe de ella. Quizá por eso, su interpretación descansa en la mirada, la respiración y la tensión corporal.

Lee Jong-won (‘Knight Flower’) aporta una presencia serena que funciona como contrapunto, a la par es imposible dejar de mencionar la presencia de Kim Jun-han (‘A man of reason‘) quien introduce la incertidumbre sobre su personaje y los hechos vinculados a su personaje que el guion aprovecha sin convertirlo en un personaje excesivamente evidente.

Pero una de las interpretaciones que más sorprenden es la de Yoon Jae-chan. Su personaje, inicialmente más desenfadado, experimenta una transformación que permite al actor mostrar un terror verdaderamente visceral. Hay momentos en los que basta observar su mirada o la manera en que su cuerpo parece negarse a responder para comprender la magnitud de aquello que está experimentando. Es un trabajo muy convincente que demuestra que no necesitamos grandes discursos ni personajes especialmente complejos para crear personajes que convencen.

Lee Sang-min demuestra un dominio sorprendente del ritmo, una sensibilidad especial para construir imágenes inquietantes y una comprensión muy precisa de cómo la cámara puede transformar nuestra percepción del espacio. Todo fluye con una naturalidad que hace que sus 95 minutos transcurran casi sin darnos cuenta. La película ha superado los tres millones de espectadores en Corea del Sur, un éxito que confirma la capacidad del género para conectar con el público cuando existe una propuesta cinematográfica sólida detrás de sus mecanismos habituales. Si ‘Salmokji: whispering water’ se cruza en tu camino no dudes en darle una oportunidad.

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  • Fotografía
  • Edición y montaje
  • Interpretaciones
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Marta Pedraza

Historiadora del Arte. Cinéfila y seriéfila 24/7. Mis perdiciones, las películas de Clint Eastwood, el cine coreano y los K-dramas.

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