La actriz y directora recibe un homenaje en la 28.ª edición de la Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid. Conversamos con ella sobre su trayectoria, la necesidad de contar historias, la libertad creativa y las dificultades de una industria que todavía depende demasiado del amor al arte.
Hay reconocimientos que llegan cuando una trayectoria parece haber alcanzado su culminación y otros que aparecen en pleno proceso creativo, cuando todavía quedan muchas historias por contar. Para Marta Aledo, el homenaje que recibe en la 28.ª edición de la Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid pertenece a esta segunda categoría. Un reconocimiento que no contempla como un punto de llegada, sino como una invitación a continuar.
Actriz, guionista y directora, Aledo ha construido una carrera que transita entre la interpretación y la creación audiovisual. El público la conoce por sus trabajos en producciones cinematográficas como ‘Los abrazos rotos’ o ‘La vergüenza’, y por su participación en series como ‘Vis a vis’, ‘Élite’ o ‘Cuatro estrellas’. Sin embargo, paralelamente a su faceta interpretativa, ha desarrollado una trayectoria como cineasta, con cortometrajes como ‘Test’, ‘Pichis’, ‘Jingle’, ‘Seattle’ y ‘Ellas’.
Su relación con el cortometraje no responde únicamente a una inquietud artística, sino también a una necesidad de autonomía creativa. Una forma de encontrar su propia voz en una profesión caracterizada por la incertidumbre y la intermitencia laboral.
En MagaZinema hemos tenido la oportunidad de conversar telefónicamente con ella, en un momento especialmente significativo de su carrera, para reflexionar sobre su evolución como artista y sobre los retos que todavía afronta el cine en formato corto.
Un homenaje en mitad del camino
Recibir un homenaje mientras continúa plenamente activa resulta especialmente estimulante para Marta Aledo. Lejos de interpretarlo como una mirada nostálgica a su trayectoria, la directora lo vive como una confirmación de que merece la pena seguir trabajando y explorando nuevas posibilidades.
«Es como un homenaje en mitad del camino, que es genial, porque yo creo que es cuando más lo necesitamos, cuando estás ahí un poco a ciegas».
El reconocimiento llega, además, en una etapa en la que su experiencia le permite observar la profesión desde una perspectiva distinta. Si durante los primeros años los éxitos y las dificultades podían vivirse con especial intensidad, el tiempo le ha proporcionado cierta serenidad para afrontar las incertidumbres del oficio.
«Ahora lo miro con un poco más de tranquilidad y perspectiva», nos explica. Una manera de entender que tanto los momentos de satisfacción como los de frustración forman parte de una carrera artística.
Pero hay algo que permanece inalterable: su relación emocional con la profesión.
«El amor y las ganas de seguir aprendiendo. Eso sigue intacto».
Y quizá esa sea una de las claves de una trayectoria que no ha dejado de diversificarse: la capacidad de seguir mirando el oficio desde la curiosidad, sin renunciar al entusiasmo que la llevó a dedicarse a él.
De actriz a directora: la necesidad de crear historias propias
La experiencia acumulada delante de las cámaras ha influido directamente en la manera en que Marta Aledo entiende la dirección. Conocer el trabajo interpretativo desde dentro le permite establecer otra relación con los actores y actrices, comprender sus necesidades y facilitar la comunicación durante el proceso creativo.
Para ella, la dirección cinematográfica no debería desarrollarse desde compartimentos estancos. Cuanto mayor sea el conocimiento de las distintas disciplinas que intervienen en una producción, mayores serán las posibilidades de construir un lenguaje común con el equipo.
«Yo creo que los directores tenemos que ser esponjas», afirma, defendiendo la importancia de aprender de la escritura, la interpretación, el montaje y de las propias experiencias vitales.
Aledo reivindica así una concepción colaborativa del rodaje, donde las aportaciones de quienes participan en la película puedan enriquecer el resultado final.
Pero su llegada a la dirección también está vinculada a una realidad menos romántica de la profesión: la dificultad de mantener una continuidad laboral como intérprete.
«Yo creo que viene de la curiosidad y de las ganas de ser autónoma y de generar tu propio trabajo».
La directora reconoce que una carrera interpretativa sin interrupciones quizá no le habría dejado espacio para desarrollar otras inquietudes. Sin embargo, los periodos entre proyectos terminaron convirtiéndose en una oportunidad para impulsar sus propias ideas.
«Como la carrera de actriz es tan intermitente, yo creo que esa necesidad de seguir contando historias me ha hecho generar mis propios proyectos».
De esta manera, la dirección y la escritura surgieron como una prolongación natural de su relación con el cine, pero también como una respuesta a las limitaciones de una industria en la que los profesionales no siempre pueden decidir cuándo trabajar ni qué historias interpretar.
En cuanto a los temas que atraviesan sus películas, Aledo no identifica una fórmula cerrada ni un conjunto de preocupaciones conscientemente repetidas. Considera que es su propia mirada la que establece conexiones entre las historias.
Las ideas nacen de la observación de su entorno, de las personas que la rodean, de las noticias y de las preguntas que determinadas situaciones le despiertan. Es precisamente esa curiosidad por comprender el mundo la que termina trasladándose a sus guiones.
El cortometraje: libertad creativa frente a precariedad económica
Uno de los momentos más interesantes de nuestra conversación llega al abordar la situación del cortometraje contemporáneo. Un formato que ha experimentado una notable evolución artística y técnica, pero cuyo desarrollo continúa condicionado por las dificultades de financiación.
Para Aledo, el problema no reside en la ausencia de profesionales preparados ni en la falta de propuestas.
«No creo que haya dificultad de talento, ni de ideas, ni de equipos, ni de ambición. Creo que lo que impide que un corto se haga es no encontrar la vía de financiación».
La directora distingue entre aquellas producciones que pueden desarrollarse con recursos limitados —pocas localizaciones, equipos reducidos y repartos pequeños— y los proyectos que requieren una estructura de producción más compleja.
A medida que crecen las ambiciones narrativas y técnicas, también aumentan las necesidades presupuestarias. Y es precisamente ahí donde el acceso a subvenciones y otras fuentes de financiación resulta decisivo.
Durante décadas, el cortometraje ha estado asociado a la idea de un cine realizado entre amigos, gracias al entusiasmo colectivo y a la voluntad de crear por encima de las posibilidades económicas. Esa tradición ha permitido que multitud de proyectos vieran la luz, pero también ha contribuido a normalizar determinadas condiciones laborales.
Aledo reconoce que el cortometraje puede servir como paso previo hacia el largometraje, aunque insiste en que quienes trabajan habitualmente en este ámbito conocen perfectamente su valor como formato cinematográfico autónomo.
El problema aparece cuando la libertad creativa se sostiene sobre una estructura económica incapaz de remunerar adecuadamente a los profesionales.
«La gente no cobra casi nunca haciendo cortos porque consigues igual montar dinero para realizarlo, pero no para pagar».
La afirmación abre una reflexión necesaria sobre las contradicciones de una industria que celebra la creatividad y el compromiso de sus profesionales, pero que todavía encuentra enormes dificultades para garantizar su sostenibilidad económica.
«Hay mucha libertad, hay mucho amor, mucho compromiso, pero se hacen por amor al arte».
Y añade un deseo que resume buena parte de los desafíos del sector:
«Ojalá pudiésemos generar una industria de la que pudiésemos vivir también».
Sus palabras sitúan el debate más allá del reconocimiento artístico. Porque la consolidación del cortometraje no debería medirse únicamente por la calidad de las obras que produce o por su presencia en festivales, sino también por su capacidad para ofrecer condiciones profesionales dignas a quienes lo hacen posible.
Los festivales y el desafío de llegar al público
La distribución constituye otro de los grandes retos del cortometraje. Aunque existe un circuito internacional de festivales amplio y consolidado, la posibilidad de acceder a estas producciones fuera de los certámenes continúa siendo limitada.
Aledo reconoce el extraordinario trabajo desarrollado por los festivales y destaca la importancia de los espacios especializados, fundamentales para que las películas encuentren espectadores y puedan proyectarse en condiciones cinematográficas adecuadas.
Sin embargo, también considera necesario ampliar las oportunidades de exhibición.
«A mí me encantaría que hubiese también un canal o una plataforma más mainstream donde poder colgar nuestros trabajos y que fuesen más accesibles para todo el mundo».
La directora menciona la presencia de cortometrajes en plataformas como Movistar Plus+ o Filmin, así como el papel de iniciativas especializadas como Cortogenia, pero considera que todavía existe margen para mejorar su visibilidad.
La cuestión no es menor. El cortometraje dispone de una importante red de producción y circulación internacional, pero sigue encontrando dificultades para integrarse en los hábitos de consumo audiovisual del público general.
En este contexto, los festivales cumplen una función esencial no solo como espacios de exhibición, sino también como puntos de encuentro entre creadores, profesionales y espectadores. No obstante, para que el formato amplíe verdaderamente su alcance, resulta necesario que las películas encuentren nuevas vías de distribución más allá de ese circuito.
Seguir creando, incluso cuando una película no conecta
La conversación nos lleva finalmente a uno de los momentos más vulnerables del proceso creativo: aquel en el que una película deja de pertenecer exclusivamente a quienes la han realizado y comienza a enfrentarse a la mirada del público. Para Marta Aledo, sin embargo, ese encuentro no debe convertirse en una fuente paralizante de miedo o inseguridad.
«Lo peor que puede pasar es que no guste y no pasa nada, haces otro».
Su respuesta refleja una relación especialmente saludable con la creación. La directora entiende que cada obra constituye una posibilidad de comunicación con la espectadora, pero también que esa conexión nunca puede darse por garantizada.
Una historia puede emocionar a determinadas personas y dejar indiferentes a otras. Aceptar esa incertidumbre forma parte del aprendizaje artístico. Desde su perspectiva, lo verdaderamente importante es no permitir que una experiencia desfavorable condicione el deseo de continuar creando. Cada proyecto ofrece la oportunidad de aprender, evolucionar y afrontar nuevas historias con más herramientas.
Esta actitud conecta con la manera en que recibe el homenaje de la Semana del Cortometraje: no como una conclusión, sino como un estímulo para seguir avanzando. De hecho, durante nuestra conversación nos confirma que se encuentra inmersa en un nuevo rodaje, aunque todavía es pronto para compartir detalles sobre el proyecto.
Una trayectoria que continúa escribiéndose
La conversación con Marta Aledo deja una idea especialmente significativa: la creación cinematográfica es tanto una vocación como una forma de resistencia frente a las incertidumbres del oficio.
Su trayectoria demuestra que la interpretación y la dirección no tienen por qué entenderse como caminos separados, sino como experiencias que se enriquecen mutuamente. También pone de manifiesto que el cortometraje, pese a su enorme vitalidad creativa, necesita seguir avanzando hacia un modelo más sostenible.
El homenaje que recibe en la 28.ª Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid reconoce una carrera vinculada a la interpretación y a la creación de historias, pero también permite poner el foco en una generación de profesionales que han encontrado en el formato corto un espacio de libertad expresiva.
Y mientras continúa trabajando en nuevos proyectos, Aledo se queda con lo que verdaderamente importa: la curiosidad, el aprendizaje y las ganas de seguir contando historias.
Como ella misma define este reconocimiento, es «un poquito de gasolina para seguir».
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