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¿Y si las Potencias del Eje hubiesen ganado la II Guerra Mundial?: ‘The Man in the High Castle’

Obviemos la historia conocida, estudiada y transmitida. Olvidemos a Roosevelt, Churchill, y Stalin; el Tercer Reich como tal y el suicidio del Führer. Centrémonos en la posibilidad distópica que tendríamos ante nuestros ojos de haber sido muy diferente el devenir de la II Guerra Mundial. Pensemos en el estilo de vida que marcaría nuestro día a día sabiendo que las Potencias del Eje han ganado, y se han repartido como han deseado aquellos territorios que no estaban bajo su dominio con anterioridad. Borremos la realidad y veamos tras el deformante y distorsionante cristal que nos regala ‘The Man in the High Castle’.

Y EL REICH VENCIÓ…

Han ganado. El asesinato del presidente de EE.UU., Franklin D. Roosevelt en 1933 hace que estos no entren en conflicto, dejando a merced al resto de Europa primero, y a ellos posteriormente. La Alemania Nazi, el Imperio de Japón (大日本帝国) y el Reino de Italia -aunque en muchísima menor medida- son los reales vencedores de una cruenta e inolvidable II Guerra Mundial que ha dividido al mundo por completo, y que ha colocado a Adolf Hitler como mandatario supremo durante los años que prosiguen a dicha victoria, a pesar de una más que delicada salud. Los territorios que anteriormente ocupaban Estados Unidos ahora están divididos, de manera que los Estados Japoneses del Pacífico y el Gran Reich Nazi son los ocupantes del mismo, quedando una amplísima zona para los segundos, separados de los primeros por una linea denominada como «zona neutral» –aquí puedes ver una imagen muy aclaratoria de esto-. Ambas sociedades son así las sustitutas de los Estados Unidos de América y la Unión Soviética como superpotencias.

Estos territorios, producto de una «guerra relámpago» por parte del Imperio de Japón y de una estrategia militar jamás vista por parte de los alemanes son los verdaderos ejes en los que la historia transcurre, aconteciendo en su terreno todo aquello que tiene que ver para el mantenimiento y la salvaguarda de un estado de paz mundial. La «zona neutral» queda olvidada de puertas para afuera, pero de puertas para adentro la inclinación hacia uno u otro bando es fuerte y notoria, y en el ambiente pulula una única preocupación: la salud y vitalidad de Adolf Hitler es lo único que mantiene en paz ambos bandos; puesto que a pesar de que los japoneses así lo deseen, los alemanes secundarios que crecen y viven a la sombra del Führer buscan por todos los medios hacerse con el control de los demás territorios. Así pues, y quedando un ambiente de convivencia cuasi forzada, ambos bandos colocan sus capitales -japoneses en San Francisco, alemanes en Nueva York-, y se dedican a vivir y «dejar vivir», contando para ello con diversos momentos en los cuales se necesitan mutuamente.

Así pues, en ambos bandos las situaciones rebasan lo normal, e incluso el raciocinio más generalizado, para dar lugar a instantes en los cuales el temor y la duda se ponen al servicio del personal que busca vivir sin entorpecer. Los toques de queda se alían con jornadas laborales interminables, que a su vez se forjan bajo licencias imposibles de trabajo y con innumerables trabas para la consecución de unos objetivos marcados. El antisemitismo sigue siendo una premisa prioritaria, y la religión tiende a ser de lo más censurado del lugar, a merced de un noticiario o una televisión que piensa muy mucho lo que muestra. Las caras de aquellos que son personajes públicos simpatizan más de lo debido con la confraternización enemiga que reina en el ambiente, puesto que la necesidad del otro bando es enorme, así como la querencia de mantener unas costumbres e ideales propios dentro del caos.

Así tenemos el mundo distópico y las sociedades autoritarias que manejan todo aquello que se deba tener manejado en un mundo en el que la opinión poco tiene que decir. Un mundo en el cual la supervivencia está regida por la utilidad como individuo para la región en la que se encuentra, y en no realizar ninguna acción que ponga en peligro la supremacía del mismo. Estos regímenes se fundamentalizan en sus propias versiones de ellos mismos y en la imagen proyectada que tienen de si como gobiernos y/o imperios, dando lugar a una gran cantidad de posibilidades que se caracterizan en dejarse ver como los verdaderos «buenos» y en transmitirlo al pueblo. Aquí, el cariño está regido por la publicidad del mandatario y en el poder del mismo para infundir temor o respeto, según convenga para el devenir del territorio.

Ahí entra la diversidad cultural entre alemanes y japoneses y su disponibilidad para acatar y aceptar las del contrario cuando ambos se mezclan. Los germanos que forman una fuerza a raíz de la confraternización para con ellos mismos; una cultura trabajadora y autoritaria, acostumbrada al mando y que repugna y erradica cualquier tipo de traición y/o afrenta hacia el propio objetivo que ellos mismo se marquen. Los nipones, por su parte, basados en la creencia de un más allá, de un respeto mutuo y de una educación que sobrepasa lo imaginable, y atendiendo a una forma dictatorial y de prejuicio; evitando los problemas antes de que sucedan.

Y en este lugar es donde ‘The Man in the High Castle’ lanza todas las preguntas que buscan respuesta, y donde nos sumerge con la ficción que crea a nuestro alrededor. En un mundo donde todo es posible, y donde las fuerzas políticas y militares son totalmente diferentes a las que rigen el día a día del mundo actual. Un mundo repleto de esvásticas y flores de cerezo. Un mundo diferente que se muestra con temible naturalidad.

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