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El manejo del lapso

Hablemos de algo relativo. De algo etéreo y funcional; desquiciante y necesario. Hablemos de algo realmente invisible, pero que se siente cerca y de manera perpetua. Del paso del mismo; del tic-tac incoherente tantas veces y apetecible otras. Hablemos de división, suma y resta de momentos y requerimientos ambientados en unas manecillas, mecanismo y esfera; o en otra de sus tantas formas no tangibles. Hablemos de vida, de relación y de pensamiento. Hablemos de capacidad, de formación y de la pérdida del mismo. De ideas vanagloriadas y revestimientos de lo cuantitativo. Hablemos de gloria, de rendición y de escaparate de posibilidades… Hablemos de tiempo.


El tiempo es la relación de duración de todas aquellas cosas que se encuentren sujetas a un cambio; una magnitud, por tanto, definida de diferente formas y ante diferentes fuentes que la descubren al psique como un comportamiento del propio ser con el fin de ordenar los síntomas de causa y consecuencia sobre los cambios de las acciones.
El tiempo, como tal, se muestra inconsolable e inobservable; fruto de la mente, la directriz o el punto de vista que cada uno tenga sobre cualquier activo sujeto a este; sobre cualquier capacidad de cambio de cualquier cosa que pueda ser concebible como posible a este. Las manecillas de un reloj, corrientemente absortas en su incesante caminar hacia un punto concreto que no recuerda finalizar. Momentos, sucesos, casos…todo lo que sea inerte y todo lo que posea aliento se encuentra afianzado, de un modo u otro, a la razón de este escrito: al tiempo.

Pero… ¿Dónde entra el cine en todo esto?

Es decir; ¿en qué momento, el cine muestra el tiempo como tal; o que facetas diferentes saca este a través de sus creaciones y pensamientos? Hablar de tiempo en el séptimo arte no es sencillo. Hablar del tiempo en el cine requiere que venga a la cabeza casi de inmediato Regreso al futuro, Donnie Darko o El planeta de los simios. El tiempo en el cine encadena secuencias directas sobre lo que se piensa de él, sobre sus consecuencias por jugar a ser Dios con el mismo, o sobre la incertidumbre que provoca su incesante caminar.

Orson Wells y su máquina del tiempo nos tradujo la posibilidad de adueñarnos del mismo; de sentir que no es algo tan relativo, y que su control es una posibilidad que existe y que no se encuentra ajena a los movimientos del hombre. Su pensamiento inquirió en la posibilidad de que la mano del ser humano deslizase las manecillas del tiempo a su antojo, sin la necesidad imperiosa de ser una mascota atada por las invisibles cuerdas del paso del mismo. Pero fue una idea, claro; una idea que se tradujo en una novela que entrañó y sirvió de poder imaginativo para muchísimas obras futuras, de la cual surge The Time Machine (George Pal, 1960) Un frenético viaje de George Wells (magnifico apellido) encarnando a Rod Taylor en sus aventuras entre los años 1917, 1940, 1966 y 802.701, o La máquina del tiempo (Simon Wells, 2002) con Jeremy Irons como líder de los Morlocks. Esta adaptación, remake del clásico de 1960, demuestra otra perspectiva, donde se muestra las consecuencias de un juego en el que no se debería entrar. El poder de manejar el tiempo debería ser muy exclusivo.

La actualidad cinéfila basa sus largometrajes sobre el tiempo en diferentes puntualizaciones sobre lo que éste es capaz de ocasionar o de beneficiar hacia nuestras personas. Donnie Darko (Richard Kelly, 2001) juega con la templanza, la variable indescifrable espacio-tiempo y las consecuencias del mismo. Un conejo con cara de haberlas pasado canutas, y el vaticinio del fin del mundo, que acompañan al protagonista en una historia que necesitó de documental para poder ser comprendida, y donde el tiempo y el espacio se montan en una nave que emprende un viaje hacia lo desconocido, dejando al espectador con un soberbio cacao mental.
Primer (Shane Carruth, 2004) nos enseña la variable capacidad del ser humano para controlar todo lo que, a priori, ha de ser descontrolado por él, y cuáles son las consecuencias paradójicas y asimétricas que ocasionan el hecho de alterar el pasado, removiendo el futuro en un presente con el que no se está complacido. Cine de bolsillo.

En España surge la opera prima de un director como alteración del tiempo. Los cronocrimenes (Nacho Vigalondo, 2007) enseña cómo, con unas simples horas de variación en la ya conocida ecuación, la vida de uno, o millones de individuos se ve alterada, hasta límites tan cercanos al pánico por unas vendas rosas sobre la cara, o una mujer desnuda en medio del bosque.
Mucho más cercana se encuentra Looper (Rian Johnson, 2012) donde Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis nos enseñan difíciles encrucijadas de identidad en un thriller que acerca el tiempo a una alteración controladamente descontrolada por los poderosos de la época; a sabiendas que su ordenación del mismo carece de dicho control y justicia, enmascarándola en círculos retornantes sobre sí mismos.
El tiempo se muestra relativo, cercano e inocuo sobre las personas, pero indeleble y sin ningún tipo de piedad en su paso; arrastrando momentos y consecuencias, y atrayendo al ser humano el deseo primordial por su alteración, su manejo, y el control total y absoluto de una magnitud que acerca a muchos a la locura, y atrae a otros a la esperanza de que, con él, encuentren la redención o el sueño alcanzado por su anhelo más profundo.

El cine nos lo muestra en infinidad de títulos, de un modo u otro, diseñando encrucijadas y laberintos en los que el premio final es un manejo de las manecillas que tanto hemos hablado, y que posibilitan el tic-tac: Timecop, Jacuzzi al pasado, Viajero del tiempo, El efecto Mariposa, Medianoche en París, El tiempo en sus manos, Kate & Leopold, etc. El movimiento de dicho “sensor”, el anhelo principal por el control de la magnitud temporal, resulta en muchos planos, fruto del deseo por el mantenimiento de una sociedad, o de un instante en el que todo resulta encontrarse en armonía con los sueños del ser, con el seductor e infantil sueño de la plenitud emocional y actual de estado. O cabos sueltos, manchas en el tintero y vicisitudes varias que translucen en la necesidad de evocar la capacidad del encontronazo momentáneo con dificultades variopintas de las que es posible salir a ritmo de viaje temporal. Es decir; el cine, como tal, nos muestra esta posibilidad, y la hace capaz gracias al deseo de todos y cada uno, de tener el poder magno, suficiente, y sin consecuencias en su manejo, del control total, y de sentirse como se quiere, cuando se quiere, y donde se quiere; y sin que ningún conejo demacrado nos diga que nos quedan 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos.

Pero ya lo dijo Alicia (más o menos): “El tiempo es raro en los sueños”

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