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Crítica de “Crupier” (1998)

Una sorpresa agradable. Tal vez, ésta sea una de las primeras valoraciones (algo simplona, lo reconozco), que vienen a la mente tras visualizar la ficción que protagonizaba por Clive Owen antes de pasar a engrosar el estrellato hollywoodiense. Y subrayamos lo de sorpresa. La gran mayoría de los films relacionados con los casinos, de los últimos 30 años, ponen el foco en el espectáculo, el exceso y la opulencia. Os lo adelantamos: no es el caso.

Pero vayamos por partes. La cinta la dirige el británico Mike Hodges que, además de estar tras icónicos productos como Flash Gordon (1980) y diversos videoclips de Queen, fue el encargado de llevar a la pantalla interesantes títulos como Asesino Implacable (1971), protagonizada por Michael Caine. 

En el papel principal y con una trama que gira, completamente a su alrededor, encontramos al siempre inexpresivo (pero habitualmente solvente) Clive Owen. Un Owen que difícilmente podía predecir que acabaría por ser una estrella de las grandes producciones americanas y conseguiría, incluso, una nominación al Oscar pocos años después. 

Precisamente, su actuación en Crupier le abrió algunas puertas de la industria internacional. La cinta pasó algo desapercibida en UK, pero tuvo cierta repercusión en los Estados Unidos. Tres años después, formaría parte del elenco de Gosford Park (2001), donde mostraría, una vez más, su lacónica forma de entender la actuación. Y, un año más tarde, ya estaría en plena acción con la primera entrega de una saga bien conocida: El Caso Bourne (2002). 

Todo esto está muy bien, sí, ¿pero, qué pasa con la película que nos ocupa? A eso vamos. Jack Manfred (Owen) aspira a ser escritor, pero dista mucho de poder ganarse la vida, decentemente, con dicha ocupación. A través de su padre, le llega una oferta para trabajar de crupier en un casino y ganar, así, algo de dinero mientras su talento innato y la oportunidad de su carrera hacen acto de presencia.

A partir de aquí, el que espere encontrar alguna similitud entre lo que se viene y producciones como Ocean´s Eleven (2001), va muy desencaminado. Si bien es verdad que los juegos de mesa míticos, como los ejemplos que se pueden encontrar en el casino online de Betway en su versión digital, tienen un protagonismo relevante, el espacio donde transcurre la acción poco tiene que ver con la suntuosidad de Las Vegas. 

Esto queda patente desde el principio. El propio responsable del establecimiento le deja claro a Manfred que va a trabajar en un “casino mediano” que, traducido a nuestro idioma, es un casino inglés de barrio, pequeño y con una estética “demodé” que destaca sobre el resto de elementos de la película. Precisamente, el aroma a mediados de los 90 que desprende todo el metraje es una auténtica seña de identidad. 

El protagonista, para sorpresa del espectador, es un personaje que ya tenía experiencia en esto de barajar cartas: vivió en Sudáfrica años antes y conoció a fondo el trabajo en cuestión, hasta convertirse en un profesional. Lo de la revelación como escritor le vendría algo después. Todo este “background” es un regalo de los dioses a Owen, ya que le permite asumir el rol de escéptico, que está de vuelta de todo, y ya no tendrá que esforzarse en gesticular demasiado en la hora y media que dura el film. 

Y, a partir de aquí, empiezan las intrigas, los romances y los planes oscuros, con los que Manfred deberá lidiar y en los que, en no pocas ocasiones, se meterá por propia voluntad. Así, el argumento mata dos pájaros de un tiro. Por un lado, nos aporta situaciones más que interesantes para mantenernos en la butaca (o en el sofá de casa); por otro, crea un escenario en el que las vivencias del protagonista le ofrecen la ansiada inspiración para su obra literaria definitiva; un recurso, a veces, demasiado recurrente en el cine. 

Aunque parezca que nos hemos centrado en aspectos algo negativos de este título, lo cierto es que sigue siendo una sorpresa muy positiva. Sobre todo, porque huye de otros clichés relacionados con el mundo del casino y las tramas que se desarrollan en él. También, por la impagable sensación de haber viajado a la Inglaterra más “noventoide”. La película es fresca y entretenida. Y, además, casi conseguimos ver a Owen gesticulando. Casi.    

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